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RECUERDOS DEL 11-S

Durante estos días hemos recordado, o nos han hecho recordar, los acontecimientos acaecidos hace ya cinco años en la ciudad de Nueva York. Los atentados contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo 93 de United Airlines estrellado en las cercanías de Somerset, Pensilvania se convirtieron en un punto de inflexión en nuestras conciencias y en nuestra forma de vida y de entender el mundo en el que vivimos.
Recuerdo con nitidez aquel día. Y es raro, porque normalmente me cuesta recordar lo que hice hace un par de semanas… Todavía tenía horario de verano en la empresa en la que trabajaba entonces. Poco antes de las tres de la tarde ya estaba en el coche asombrándome de los comentarios que la radio lanzaba apresuradamente: una de las Torres gemelas estaba envuelta en llamas. Parecía que un avión había impactado en la planta 80 del edificio. La tarde empezaba mal. En casa, con el transistor danzando de un lado para otro y el televisor conectado con todas las cadenas posibles, escucho a Matías Prats apuntar al corresponsal de la cadena en EE.UU. que la segunda Torre también ha recibido un impacto y se está convirtiendo en una antorcha de fuego y humo.
La posibilidad de un accidente aéreo se esfuma por momentos. Algo está pasando en el país americano. Se cierran las fronteras y el espacio aéreo Norteamericano.
Recuerdo como el temor se fue apoderando de todos los que, sin poder despegarnos de los televisores, seguíamos en directo los fatales acontecimientos ¿Qué estaba pasando?
El Presidente Bush, en comparecencia televisada al mundo, confirma los hechos y los califica de atentado terrorista. El nerviosismo aumenta. Estaban atacando el corazón de América, y pese a algunos, el corazón de esta parte del mundo.
Desde mi sillón empiezo a darme cuenta que esos ataques se pueden reproducir en cualquier país del mundo. En ese momento todos los aviones en vuelo se convierten en potenciales armas terroristas.
Última hora, en directo, nos enteramos de que el Pentágono ha sido también atacado. El cerebro militar de los EE.UU. ha sufrido también los coletazos del ataque. Mas de 24. 000 personas trabajaban en ese instante en la sede militar Norteamericana.
El caos es total. Una de las Torres se desploma. Recuerdo con horror como las televisiones del mundo emitieron la caída de toda la estructura. En aquellos momentos no podíamos prever la magnitud del desastre. Las imágenes en directo nos mostraban el avance de las nubes de polvo, ceniza y restos humanos avanzando por las calles de Manhattan envolviendo a las miles de personas que en aquellos momentos se encuentran en la ahora rebautizada como zona cero.
La Casa Blanca ha sido evacuada con urgencia. Todo el planeta está anclado en sus televisores.
Llegan mas noticias. No podía ser. Los ataques no cesaban. Un avión se estrella en las inmediaciones de Pittsburg. Mas tarde nos enteraríamos que la decisión de los pasajeros, que conocían por sus teléfonos y receptores de radio los acontecimientos, hizo desviar la trayectoria del aparato estrellándolo en una misión suicida. Nunca conoceremos el destino terrorista de aquel vuelo.
Todos los edificios Federales son evacuados. La ciudad de Nueva York vive una jornada de terror colectivo y de tensa calma mientras miles de personas se dirigen caminando hacia sus hogares. Los puentes que unen Manhattan con el continente dejan por unas horas de soportar el tráfico rodado para convertirse en pasillos de evacuación para los asustados, pero a la vez tranquilos, ciudadanos neoyorquinos.
Una tarde de incredulidad, terror y desesperación, desde esta parte del mundo. La incertidumbre sobre lo que podía pasar a partir de ese instante. La conciencia clara de que ese día el mundo había cambiado y comenzábamos otra era de nuestra historia.
Marcos Álvarez
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